Como ya he dicho más de una vez, en el Congo (y en África) nada se tira sino que se reutiliza de una forma o de otra. La mayoría de ejemplos de reciclaje que pueden verse a diario son los relacionados con envases de plástico a los que se les da un nuevo uso para contener otra cosa. Sin embargo, mis preferidos son los más elaborados e imaginativos. Como las muñequitas de tela que se pueden comprar en algunas tiendas de souvenirs.
Están hechas a base de pequeños retazos de tela sobrantes de la confección de prendas de ropa, que me imagino que los que las fabrican recogen en las sastrerías y talleres de modistas. La foto de abajo a la izquierda muestra una bolsa llena de estos trocitos de tela minúsculos, que son usados tanto como relleno de las muñecas como para vestirlas. La construcción se completa con cola, paja y trocitos de madera, también reciclados.
Curiosamente, casi nunca he visto muñequitas de éstas que representen a hombres. Normalmente representan a mujeres haciendo tareas cotidianas como acarrear agua u otras cosas sobre la cabeza, moler harina de mandioca para hacer fufu o cuidar de su bebé. La única excepción que he visto son los personajes del belén, como el de aquí abajo que es igualito al que tengo en casa.
Nuestra oficina en Conakry ha cerrado por si las moscas; esta mañana he llamado a Diallo, que hace el seguimiento del programa en Guinea. Me ha dado la misma respuesta de siempre, la de cuando le pido un documento o le pregunto qué tal la boda de su hermana: ça va aller, inshallah.
A ver qué pasa. Mientras tanto en Dakar, los periodistas se preguntan si tendrán que ir para allá y perderse nuestra cena del domingo.
A mediodía he comido con Sev en el chiringuito, unas cuantas mesas ante las rocas con vistas a un grupo de niños chapoteando y tirándose arena en la orilla. Ça se voit que c’est des rigolos. Al terminar y tirar para el trabajo, uno se acerca corriendo los cien metros obstáculos y me suelta Madame! C’est moi qui a surveillé ton scooter! Desde ahí lejos? Ya veo. Como el taxista el otro día, Ah! madame. Mille deux cents c’est bien, mais mille cinq cents c’est mieux.
De tanto carretear las maletas arriba y abajo de Camerún a Dakar via Bruselas, me ha dado tal tirón en la espalda esta mañana que me he vuelto a casa a mediodía. He escogido un día fatal para marcharme, porque desde la oficina Pablo me avisa que han llegado los informes de proyecto de uno de nuestros colaboradores. Se ve que uno de sus problemas principales durante el período de ejecución ha sido que se les murió una oveja antes de poder ir al veterinario: “Il est à signaler un cas de perte à Sinsagou avant le suivi médical. Le mouton a consommé le reste d’un plat traditionnel qui lui a été fatal.” Y yo me lo estoy perdiendo.
Bueno. Sólo 24 horas de escala inesperada en Bruselas, y quiero quedarme. Claro que hace sol -dicen que por primera vez en meses- y ayuda. Y ayer, finalmente en Yaoundé tras cienes y cienes de millas innecesarias, me rescatan del aeropuerto tres monjas en 4x4 con un guitarrista valenciano que viene a dar un concierto y ya decido que quiero quedarme. Hoy todo el día de clase con personal humanitario de Kivu, Chad, Goma, Guiglo. Qué lío. Mañana me voy a querer ir con ellos a vivir en búnkers y trabajar todos los fines de semana.