La sede me manda a Kenya, a terminar la formación en gestión de campos de desplazados y reforma humanitaria. Salió bien la jugada, y me están enviando a cosas que siempre he querido hacer, aunque por seniority no me toque. El francés ayuda, creo, porque ya no lo habla casi nadie. Igual también con gran casualidad sonreí en el momento justo a la persona adecuada.
Pues eso: en Kenya, encantada de la vida. En mi fila en el avión venían tres personas leyendo la biografía de Obama. Hoy hemos visto jirafas.
De mi organización venimos dos: Anita de la sede y yo. Porque somos dos morenas charlatanas de la misma agencia, en el training ya nos llaman en binomio, “las españolas”. Como era de esperar, Anita -de Colombia- está encantada, y sospecho que ahora también lo estará el meu pare.
Otro periodista ha sido asesinado en la República Democrática del Congo, avergonzando una vez más al adjetivo de su nombre. Pero aunque el conflicto que los medios internacionales han estado describiendo durante las últimas semanas es en el Kivu Norte, no ha sido allí donde se ha perpetrado este crimen, ni ha sido un daño colateral de las hostilidades. Este periodista ha sido asesinado en Bukavu, la capital del Kivu Sur donde desde el 2004 se mantiene una (relativa) paz y donde se puede andar por las calles con (relativa) seguridad incluso de noche.
Didace Namujimbo, periodista de la Radio Okapi auspiciada por la MONUC, recibió un tiro ayer por la noche cuando volvía a su casa hacia las 9 y media de la noche. Tan tranquilamente. Tuvo el mismo destino que su colega y amigo Serge Maheshe, asesinado también a sangre fría al volver a casa la noche del 13 de junio del año pasado. Al parecer Didace había estado haciendo el seguimiento del juicio de pacotilla contra los acusados también de pacotilla del asesinato de Serge. Y supongo que habría contado algunas verdades por la radio sobre el abuso de poder rutinario de las autoridades provinciales, por lo que pagó con su vida de igual manera que su antiguo compañero.
En su momento escribí un post describiendo mi relación con Serge Maheshe y con los demás periodistas de la Radio Okapi en Bukavu, incluyendo como no al carismático Didace:
Los recuerdo a todos y a cada uno de ellos perfectamente, cada uno con su manera de trabajar e idiosincrasia personal. Estaba Astrid, típica mamá africana de tetas enormes y vestidos imposibles, my parlanchina y siempre quejándose de algo; Didace, gran profesional que enseguida te inspiraba confianza, alto y apuesto, con un chiste siempre a punto y padre reciente orgulloso; JB y JK, uno con cara de ratón y el otro de comadreja, los dos con una cierta alergia al trabajo; Michel, el más veterano de todos, serio y parco como un antiguo sabio, y muy respetado por todos los periodistas de Bukavu; Charlotte, lista como una liebre y siempre dispuesta a preguntar lo más difícil de preguntar y a ir más allá de lo recomendable, bajo pelucas a cual más barroca; Adolphine, un poco más lenta que los demás en sus reportajes, pero con quien siempre se podía contar; Dieudonné, un gran bonachón pero que podia ser un auténtico callo en el pie de las autoridades.
Poca cosa más puedo añadir a esa descripción que la infinita rabia que siento después de enterarme de su injusta y cobarde muerte. Didace poseía la perfecta combinación de presencia y simpatía, rigor profesional y dominio del lenguaje. En otro país que no fuera el Congo, estoy segura de que Didace habría sido un periodista estrella con una larga carrera sembrada de éxitos y premios. En cambio en Bukavu recibió una bala en la cabeza antes de cumplir los 35 dejando a tres hijos pequeños y esposa.
Hernán Zin, periodista y bloguero del cual he tomado prestado el título "Morir para contar", tuvo la ocasión de conocer a Didace durante su paso por Bukavu hace un par de meses para un reportaje sobre la violación como arma de guerra. Y su impresión de él, no podía ser menos, fue también impecable:
Un hombre alto, de buena presencia, que hablaba un francés impoluto. El primer rostro amigo que encontré en el Congo.
Justo después de la muerte de alguien, es fácil dejarse llevar por la tristeza y caer en la elegía exagerada al describir a la persona. Pero cuando una vida es arrancada de manera criminal, al dolor de la pérdida de un ser querido o apreciado se junta la rabia incontenible por la injusticia y la impunidad. ¿Cuántos periodistas tienen que morir hasta que el derecho a la libertad de expresión sea respetado?
Cuando volví a Bukavu de visita la primavera pasada asistí a una manifestación de los periodistas de la ciudad por el Día Mundial por la Libertad de Prensa. Recorrieron las instituciones provinciales con pancartas reclamando justicia por las muertes de sus colegas. Se pararon delante del tribunal militar, de la corte provincial de justicia, de la delegación provincial de policía y ante las oficinas del gobernador. En cada lugar leyeron discursos reclamando la libertad de prensa en la provincia y justicia ante los asesinatos de sus colegas. El gobernador, que había sido elegido hacía tan sólo unos pocos días, nos tuvo más de una hora esperando bajo el sol y al final dijo cuatro palabras de mala gana. Mientras esperábamos, Didace se mostró jovial como siempre mientras decía que los periodistas congoleños ya están acostumbrados a estas cosas.
Después de la manifestación estuve en las oficinas de la Radio Okapi charlando con algunos de los otros periodistas que trabajaban con Didace y les hice algunos retratos mientras trabajaban para acordarme de ellos después del viaje. Mientras disparaba la cámara no pude evitar pensar, proféticamente, que quizás sería la última vez que vería a algunos de ellos.
No sé si ya lo puse, pero resulta que el equipo de fútbol se llama 'Los Lobos'. Y se llama así desde antes que llegáramos las españolas. Les parecía exótico, dicen.
Ayer, los chicos se animaron a venir.
Pero lo mejor de todo es, como dice nuestra amiga la sevillana, 'El tercer tiempo'. El bar de los campos de entrenamiento no tiene desperdicio.´Qué buenos esos perritos..

Veinte millones de euros y 500.000 de ellos provenientes del Fondo de Ayuda al Desarrolo gastados en decorar una salita de la ONU en Ginebra. Eso sí, la sala de la 'Alianza de Civilizaciones'. Nada más y nada menos. Esto sí que es promover los Derechos Humanos en todo el mundo. Las mujeres afganas ya lo están notando, sí, sí. Y los niños sudaneses también. Qué cambio. Nueva vida desde ahora.
Para lo poco que hacen, sí que nos salen caras las Naciones Unidas. Ahora, yo pienso aprovecharlo. Con esta pasta que nos hemos gastado todos los españoles, alguien tendrá que sacar tajada además de Barceló, ¿no?. ¿Han creado ya la beca 'Alianza de Civilizaciones' especial para españoles? Que yo voy echando la solicitud.