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El coste del periodismo en la RDCongo

por elia en Twiga
Disponible en: Español
19 06 2007
Países:
CONGO, DRC
Etiquetas:
periodismo

Cuando vivía en Bukavu, trabajaba en estrecha colaboración con los periodistas de la Radio Okapi, que ocupaban el despacho al lado del mío. Allí, en su sala de redacción, se encontraban la nevera y la máquina de café comunitarias, así como los botes de café instantáneo y azúcar y los montones de tazas que siempre desaparecían a media mañana: era un auténtico punto de encuentro y charla, y allí pasé incontables horas muertas con ellos. Y no precisamente por el café, que era bastante infumable, sino por el carácter optimista y abierto de la docena de periodistas de la radio, que siempre respondían pacientes y afables a mis miles de preguntas sobre la historia y la cultura del país, y me enseñaban orgullosos a amar su país.

Los recuerdo a todos y a cada uno de ellos perfectamente, cada uno con su manera de trabajar e idiosincrasia personal. Estaba Astrid, típica mamá africana de tetas enormes y vestidos imposibles, my parlanchina y siempre quejándose de algo; Didace, gran profesional que te inspiraba confianza, alto y apuesto, con un chiste siempre a punto y padre reciente orgulloso; JB y JK, uno con cara de ratón y el otro de comadreja, los dos con una cierta alergia al trabajo; Michel, el más veterano de todos, serio y parco como un antiguo sabio, y muy respetado por todos los periodistas de Bukavu; Charlotte, lista como una liebre y siempre dispuesta a preguntar lo más difícil de preguntar y a ir más allá de lo recomendable, bajo pelucas a cual más barroca; Adolphine, un poco más lenta que los demás en sus reportajes, pero con quien siempre se podía contar; Dieudonné, un gran bonachón pero que podia ser un auténtico callo en el pie de las autoridades.

Pero por encima de todos ellos recuerdo a Serge, el secretario de redacción de la radio. Quizás por ser el más cercano a mi edad del equipo, o el más listo, o el más atrevido, o por lo que fuera, yo siempre acudía a él en primer lugar a aclarar dudas. Y él siempre tenía un minuto para mí (o para cualquiera), por ocupado que estuviese. Y vaya si lo estaba, siempre haciendo cien cosas a la vez. Tenía 31 años pero, sus mofletes rechonchos, sus gafas de médico de familia, su calva incipiente y los trajes que solía llevar lo hacían parecer mayor. O quizás era simplemente su profesionalidad, que le había hecho ganarse el respeto de todos, en la radio y fuera de ella. Excepto la de las autoridades militares locales, con quien había tenido varios problemas desde hacía tiempo por haberse atrevido a decir cuatro verdades sobre ellas.

En la RDCongo, como en muchos otros países africanos, a pesar de haber tenido elecciones democráticas hace un año, la libertad de prensa sigue sin estar garantizada. Los periodistas congoleños, que ya de por si trabajan en condiciones precarias, a menudo son amenazados, presionados, maltratados o incluso asesinados simplemente por querer hacer su trabajo de informar al público. Por ponerse del lado de la población y no de la minoría en el poder. Y algunos, como Serge, lo pagan con la vida.

Hoy hace exactamente una semana que Serge fue asesinado cuando volvía a su casa después del trabajo, en plena calle y a sangre fría, delante de diversos testigos. Uno de los mejores periodistas del país, que no se había dejado amedrentar por las amenazas que sufría desde hacía tiempo (aunque no le gustaba hablar de ello), ya no podrá hacer más su trabajo. Ya no podrá denunciar más abusos por parte de los militares, o de las autoridades locales, o de quién sea, aunque su injusta muerte es ya en si una denuncia. Una denuncia hacia la hipocresía de llamar democracia a un país por el simple hecho de haber tenido elecciones, pero en el que el abuso de poder sigue manifestándose a sus anchas sin castigo.

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Serge después de un largo día de trabajo en la radio.