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Impresiones del país de las mil colinas

por elia en Twiga
Disponible en: Español
17 11 2006
Países:
RWANDA

Bukavu se encuentra al este de la RDC, tocando la frontera con Ruanda; de hecho desde el jardín de mi casa se ve Ruanda y sus colinas al otro lado del lago Kivu. Pero hasta el lunes pasado no había visitado nunca nuestro país vecino, tan cercano pero tan malquerido por los congoleños. He aquí algunas impresiones de mis cuatro días pasados allí, en Kigali y en Butare:

Los poseedores de pasaportes de países amigos (los que han invertido mucha pasta en Ruanda después de la guerra), o sea, estadounidenses, canadienses, alemanes o suecos, pueden cruzar la frontera sin pagar, pero el resto de los países (como España) deben pagar 60$ y ver la cara de malos amigos de los funcionarios de la frontera (que imagino es aún peor para los franceses o belgas).

Kigali se encuentra a 285 km (de carretera esfaltada y sin agujeros) de Bukavu, más o menos en el centro de Ruanda. El paisaje durante todo el trayecto es simplemente espectacular, y uno enseguida comprende porque Ruanda es también conocida como "el país de las mil colinas". La carretera pasa entre colinas y más colinas, una detrás de otra, todas cubiertas de cultivos de todo tipo formando bellísimas formaciones cubistas de todas las tonalidades de verde y marrón (me pregunto por qué Yann Arthus-Bertrand no las ha fotografiado aún). Y es que, según me dicen, en Ruanda falta terreno cultivable para la cantidad de población que tiene, y por eso se han inventado todo tipo de sistemas de cultivo en las laderas de las montañas.

Pero la parte más impresionante del trayecto es la hora y pico que pasamos atravesando el Parque Nacional de Nyungwe por una carretera de curvas serpenteantes entre densa jungla tropical a 1900m de altura (por el camino nos encontramos dos accidentes de camiones que se han salido de la carretera, hechos fosfatina los dos). Al borde de la carretera vemos varios monos paseando tan tranquilos, y a lo lejos las montañas están cubiertas de una bruma envolvente que les da un aire fantástico, irreal.

Al llegar a Kigali me sorprenden los mensajes del tipo "quién paga sus impuestos construye su nación" en carteles al borde de la carretera. Pero aún me sorprende más ver cómo todo el mundo respeta las normas de tráfico, se para en los cruces dejando pasar a los demás y no hace lo que le da la gana por la carretera como pasa en Congo. Y lo nunca visto: los taxi-motos, que en Bukavu son el colmo de la transgresión y de saltarse las normas de tráfico a la torera, no sólo llevan casco (todos y cada uno de ellos) ¡sino que también llevan uno extra para sus pasajeros!

También en la capital hay colinas y más colinas, por lo que se hace difícil saber dónde está el centro de la ciudad. En varios puntos hay rotondas con césped o flores en el medio, en general todo está limpio y arreglado en toda la ciudad. Pero hay mucha menos variedad de color que en Congo, donde la mayoría de las mujeres van vestidas con ropas tradicionales de colores llamativos y diseños vistosos; aquí, en cambio, la ropa occidental es la vestimenta dominante. Y todo es mucho más barato que en Congo, tiendas, hoteles y restaurantes.

Después de haber visto la película Hotel Rwanda, insisto para ir a ver el hotel en cuestión, el Hôtel des Milles Collines. Me decepciona un poco, ya que en la película no lo recordaba así, y el director del hotel de pelo blanco no se parece en nada al Jean Reno de la película. Aún así, conseguí subir a la azotea del edificio y la vista de la ciudad sobre las colinas al atardecer valió la pena.

A parte de Kigali también pasamos un día en Butare, una de las principales ciudades del país después de Kigali. A pesar de ser una ciudad poco atractiva y sin ningún interés en particular, tiene una universidad y un museo de historia y cultura de Ruanda. Me encantaron las preciosas joyas antiguas de las familias reales, pero supongo que por mi debilidad por los cestos y todo aquello trenzado o hecho con pajas o fibras, me lo pasé pipa dentro de la reproducción de una choza tradicional donde casi me tomé una siesta en el lecho real rodeada de todo tipo de mis cestos favoritos.

Y dejo para el final la visita al Museo del Genocidio en Kigali. Y es que ¿qué puedo decir de un museo como éste? Hay cosas, y el genocidio es una de ellas, que no se pueden describir.

Fue construido sobre unas fosas comunes donde se encuentran los restos más de 250 000 personas, y abrió sus puertas hace un par de años al cumplirse el 10º aniversario del genocidio. Es todo lo que puede esperarse de un museo como éste: muchos paneles con textos y fotos explicativas, varias salas con fotos y frases de niños y gente que murió en el genocidio, y un par de detalles macabros (como una vitrina llena de calaveras), y alguna escultura donada por artistas comprometidos. Sin embargo, y a pesar de deplorar profundamente lo que pasó, no pude evitar ciertos sentimientos contradictorios por la parcialialidad de los textos y en general por la visión unilateral de todo el conflicto. Y es que la historia la escriben o los vencedores o los supervivientes, o ambos. Pero los muertos ya no pueden decir nada.